Maldigo tu cobarde actitud de tener piedad ante mi cuerpo,
de no introducir el puñal más allá de la muerte,
Maldigo esa forma casi correcta de desenvolverte,
y no aplastarme con tu indiferencia.
Maldigo, tu idea de coexistencia pacífica, tus normas generales
tu andar preocupado, tus buenas costumbres, tu pena,
mi lamentarme en tus brazos, maldigo el tiempo, mi agonía,
tu incapacidad de ajustarme el último golpe,
tu mal rol de enemiga, tu tibieza, tu cobardía.
Maldigo el verso, que nos hizo más humano,
maldigo el verbo que nos hizo conjugables,
el maldito pretérito imperfecto de tus labios al besarme.
Maldigo la triste armonía de tus notas, tus arpegios incongruentes,
tus rasgidos insensatos, esa maldita melodía que no cesa.
Hablas del destino como si nada, como si existiera, quitas esa responsabilidad
del humano, el libre albedrío y te ciegas.
Das por dado, lo que nunca fue, y agachas la cabeza.
Y vienes y vas siempre con justeza, con argumentos válidos, tan validos como superfluos,
tan básicos como trillados.
Maldigo el que no tengas valor para suicidarme, el que yo no tenga valor para asesinarme,
Maldigo, tus corazonadas, tu idea de paz, tus razones morales
tu pon la otra mejilla, tu espera latente, tu idea del perdón, de Caín y Abel haciendo las paces.
El ron en la mesa de luz a medio terminar, el humo del cigarro consumiéndose,
la cama a medio tender, la alarma que amenaza introducirse en mis sábanas,
tu imagen a mi costado, tu silueta difusa, mis majos temblorosas, mis mejillas húmedas,
Onán aconsejandome, tu voz arropandome, el sol entrando en mi ventana,
y otra vez tu, parada como de costumbre, con el peor de los pecados, dejarme vivo una vez más.
MP
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